Internet ha sido un lugar hecho por y para hombres. Guardaros las uñas, féminas de la red, no me ataquéis todavía y antes de tacharme de retrógrada sexista y misógino, permitid que me explique, pues precisamente vuestra presencia minoritaria, es uno de los pilares en los que radica vuestro poder.
Ya desde los albores de internet, el porno, mayoritariamente para hombres, fue un elemento clave para el fulgurante éxito que ha tenido la red global. Y somos también nosotros quienes, a través de una extraña e innata predisposición hacia la tecnología impropia (que no exenta) de vuestro sexo, hemos hecho triunfar unos pocos servicios y relegar al ostracismo otros muchos. Gracias a nosotros, o mejor dicho, por nuestra culpa, webs enfocadas a relaciones personales (o sea, a ligar), han estado super pobladas, casi saturadas. por nuestro miembro viril. Ese frikismo varonil, unido a vuestra tradicional participación minoritaria, provocaba que una mujer “internauta” (perdonadme la expresión) fuera algo tan raro como ansiado, una joya extraña y exótica cuya mera presencia desequilibraba y desvirtuaba redes de contactos personales que, se suponía, debían ofrecer un servicio equitativo para ambos sexos.
Hoy en día, la cosa no ha cambiado demasiado. La participación de la mujer, como usuaria de internet, ha crecido muchísimo, pero su presencia como desarrolladora o “emprendedora” todavía sigue siendo minoritaria. No obstante, es fácil comprobar como una chica atractiva, es capaz de congregar a tantos o más contactos en Facebook que muchos auto-denominados “gurús” del social media. Probablemente ni si quiera sean conscientes de ello, pero disponen de un canal de comunicación mediante el cual llegar a una audiencia verdaderamente multitudinaria.
En realidad, es algo parecido a lo que ha sucedido toda la vida en el “mundo real”, pero internet, como viene siendo habitual, acentúa este fenómeno exponencialmente, hasta lo absurdo, hasta tal punto de no ser extraño que, cada vez más a menudo, miles de personas, escuchan (o leen) con atención lo que dice, en su red social favorita, un perfil con un rostro tan bello, como incierto su cerebro.
Hace algunos años, antes de que las lineas mustias de las gráficas sobre desempleo azotaran las economías del mundo entero, cuando los que orgullosamente nos llamábamos primer mundo todavía nos perdíamos vanagloriándonos en los surcos de nuestro ombligo, muchos creíamos, o queríamos creer, que conforme nuestra mal llamada (sobre todo últimamente) sociedad del bienestar evolucionaba, ésta centraría sus esfuerzos en mejorar y fomentar la educación, tanto a nivel académico, como familiar y social. Después de todo, una persona educada no es necesariamente la que tiene más conocimientos, sino aquella que es capaz de tomar una decisión libre, propia y razonada. Y debido a nuestra propia naturaleza humana, prohibir determinados comportamientos e invertir una cantidad ingente de recursos en tratar de garantizar el respeto de estas prohibiciones, simplemente no funciona. El vaivén de ese péndulo que es la historia, nos ha enseñado en reiteradas ocasiones lo erróneo e ineficaz de estas políticas: desde los tiempos de la ley seca hasta la actual e inmensa economía subyacente derivada de las drogas y la prostitución, el camino no es prohibir, sino educar.