“ Cuando de nuevo la vida se recupere en ti, cuando su ritmo haya superado el ritmo de mi recuerdo, piensa una última vez en mí y vuélvete deliberadamente hacia el futuro; sé feliz en los brazos de otro. ”
Félicien Joly, 15 de noviembre de 1941
“Vivir a muerte“, publicado por la Editorial Barril & Barral en el 2009, es todo un testamento epistolar que recoge las 500 últimas cartas escritas por 350 reos ejecutados durante la segunda guerra mundial. Los hay que murieron fusilados, guillotinados o incluso decapitados a golpe de hacha, pero la mayoría de los testimonios desprenden un coraje, una templanza e incluso un pragmatismo inusitados en jóvenes que han visto truncada su vida de un modo tan repentino.
He aquí algunas muestras:
“Sed fuertes como lo seré yo cuando las balas me sacudan.” “Dejo mi chaqueta de cuero, trata de recuperarla.” “He cumplido con mi deber, sólo siento, y de todo corazón, haber matado.”
“ Londres se convirtió en algo enorme y contradictorio. Era un buen lugar y una ciudad excelente, pero se tiene que pagar un precio por todos los lugares buenos y es un precio que todos los lugares buenos tienen que pagar. ”
Neil Gaiman (Neverwhere)
Bajo esa fachada de gélida urbanidad, las grandes ciudades, las ciudades milenarias, tienen algo mágico. Tal vez se trate tan solo de ilusiones que envejecen olvidadas en las páginas polvorientas de los libros de historia, pero esos ecos del pasado, quizás incluso imaginarios, retumban todavía en lugares cotidianos, ocultos y, a menudo, insospechados, esperando sorber de nuevo las mieles de una gloria pasada.
Neil Gaiman recoge ese espíritu místico, mágico y solemne, para recrear todo un mundo subterráneo que acontece en las entrañas de Londres. Un mundo, que, en cierto modo, no es más que un reflejo distorsionado, onírico, delirante y anacrónico, del Londres de arriba. A este peculiar “lado del espejo” se ve accidentalmente arrastrado Richard Mayhewk, un anodino oficinista londinense que, haciendo caso omiso de los deseos de su bella pero autoritaria prometida, decide ayudar a una joven y desamparada vagabunda malherida. La desobediencia de este impulso social, tristemente cotidiano para la mayoría de las personas, el ignorar a los mendigos, es el elemento detonante y la verdadera vía hacía este mundo desconocido y fantástico. Pues la misteriosa vagabunda, resulta ser la hija de una destacada y recién asesinada familia del Londres de abajo. Además, Puerta (que así se llama la chica), tiene un don muy especial; puede abrir cualquier puerta e incluso viajar a otros lugares a través de ellas. Juntos, se embarcarán en un viaje de descubrimiento, donde Richard pondrá en duda su propia cordura y superará así sus propios demonios.
Neverwhere es una novela ligera, entretenida, con reminiscencias a “Alicia en el Pais de las Maravillas”, en la que destacan a partes iguales la utilización de retazos del Londres del Mundo Real para conformar un escenario que en ocasiones roza el surrealismo, con unos personajes que beben directamente de los arquetipos forjados en las aventuras y juegos de rol clásicos; desde el héroe inicialmente insignificante (quizás demasiado), a la princesa (esta vez guerrera), pasando por unos villanos, los señores Croup y Vandermar, deliciosamente estereotipados, que son el ying y el yang de la maldad absoluta. No en vano, están considerados como unos de los mejores asesinos de todos los tiempos.
Atención Spoiler:
Como mayor pega a este trabajo de Neil Gaiman, mencionar la insulsa batalla final contra el ángel Islington y sus secuaces. Toda la narración parece dirigirse a este punto como una sinfonía que va marcando un ritmo “in crescendo”, haciendo crecer en el lector el anhelo de un apoteosis narrativo, que desgraciadamente no llega a suceder.
En definitiva, una lectura muy amena que, con sus más y sus menos, se hace bastante recomendable.
Por cierto, no sabía que esta novela fue primero una serie de la BBC, después cómic y ahora está en proceso de convertirse en una película, cuyo director se rumorea será David Slade, autor de la impactante “Hard Candy”. Os dejo un trailer de la serie de TV Neverwhere. Como podéis apreciar, el presupuesto parece demasiado humilde:
“La imaginación es más importante que el conocimiento.”
Albert Einstein
Existe una epoca tan breve como extraña, un tiempo fugaz a caballo entre la infancia y la juventud que, a menudo, cae en el olvido. Es aquella edad misteriosa en la que los sueños de la niñez se ven bañados con la luz de la propia conciencia pero sobretodo de la propia realidad, esa que a veces cuesta de comprender y que puede parecer especialmente cruel.
“Un puente hacia Terabithia” es una película atípica. En un primer momento muestra una historia más o menos amena pero predecible, un poco ñoña incluso, llena de arquetipos aparecidos ya en multitud de películas de adolescentes.
Narra los devenires de un niño y una niña de doce años, vecinos y marginados por sus compañeros de clase pero con una imaginación verdaderamente desbordante. Y por desbordante me refiero a que son capaces de crear todo un mundo fantástico: Terabithia. En Terabithia son los reyes del reino, pueden huir de sus miserias cotidianas, luchar contra sus frustraciones encarnadas en monstruos imposibles y ver recompensada una valentía que en el mundo real no es más que estupidez.
ATENCIÓN SPOILER:
Desgraciadamente es imposible huir de la realidad, y el súbito descubrimiento de la muerte amenazará con trucar todo su mundo, el real y el reino de la imaginación.
En resumen, entre tanto “Harry Potter” y demás mediocridades cinéfilas contemporáneas, “Un puente hacia Terabithia” es una película absolutamente recomendable, una grata sorpresa que sabe recuperar con acierto el etéreo espiritu de grandes clásicos de ese tipo de cine mal llamado “para niños” como “La historia Interminable”, “Los Goonies” o “Cuenta Conmigo”.
[...] Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.
Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte. [...]
El camino hacia la paz y la justícia es largo y duro, demasiado duro. Tanto que ni si quiera nuestros lideres, aquellos que deberían representar el espiritu y la voluntad de sus pueblos, se atreven a recorrerlo.
Por fortuna, de vez en cuando, el talento y la valentía se toman de la mano no solo para destapar a cobardes caciques sino sobretodo para despertar conciencias acerca de la culpabilidad que supone la indiferencia.
Gervasio Sánchez, reportero gráfico de guerra, promulgó un impactante y valiente discurso cuando fue a recoger su premio como ganador de la edición 2008 del premio Ortega y Gasset de fotografía. En él, puso en evidencia a todos los gobernantes españoles desde la transición, resaltando su hipocresía al manifestarse en contra de los conflictos bélicos pero permitiendo que España se haya convertido en uno de los mayores exportadores de minas y bombas rácimo, convirtiéndo a toda una nación en cómplice ciega de miles de muertes y mutilaciones a lo largo y ancho de todo el globo.
Lamentable también resulta que pese a la relevancia del certamen, el discurso de Gervasio fue prácticamente censurado de facto, siendo eludido por los medios de comunicación de mayor alcance. No obstante la blogosfera vuelve a demostrarse como un excelente medio alternativo y, hasta cierto punto, independiente.
Por cierto, si os han gustado sus fotografías no dudéis en comprar el libro “Vidas Minadas. Diez años después.“. Todos los beneficios de su venta irán a parar a proyectos de apoyo a la victima y distintas campañas de desminado en diversos paises.
“Las Vegas es un lugar que limpia los pecados de los tipos como yo. Es un túnel de lavado para la moral. Hace por nosotros lo que Lourdes hace por los jorobados y paralíticos.”
Ace – Casino, de Martin Scorsese.
Un casino es una hoguera enorme cuya lumbre se alimenta de las falsas promesas de dinero y calor. Como buen epicentro pseudo místico de desenfreno ancestral y pagano, está rodeada de gente y de corrientes, unidireccionales eso sí, de riquezas condenadas al sacrificio. Cientos de almas acuden a ella con la esperanza de calenarse, de pasarlo bien, de ser parte de esa aventura engrandecida por el cine o la literatura.
Sin embargo esa hoguera solo puede permanecer caliente arrojando dinero a ella, e independientemente del dinero que se arroja, ni si quiera calienta, tan solo proporciona un implacable sentimiento de derrota que entra dentro de cada jugador en forma de densa y negra humareda, cegando el conocimiento y asfixiando el sentido común.
Toda ésta metafórica introducción viene porqué durante mis pasadas vacaciones estuve por primera vez en un casino y, como no, salí escaldado. Pese a no gastar demasiado dinero (70 €), la sensación de derrota es a la par que frustrante, peligrosa, pues inevitablemente siembra un ansia por recuperar las pérdidas arrojando más dinero a la hoguera. Por si fuera poco, y siendo consciente que probablemente suena a excusa de mal perdedor, la sensación de haber sido timado, todavía permanece latente. No es solo la nefasta racha de que salieran nueve negros seguidos en la ruleta sino que, despues de esto, justo al sentarme en la mesa de blackjack, cualquier nímia esperanza que permaneciera en mi ilusión se desvaneció cuando la veloz crupier consiguió tres blackjack’s consecutivos.
No soy matemático, pero estoy seguro que las posibilidades de semejante despropósito son verdaderamente escasas, muy escasas. De todas formas he estado informándome sobre probabilidades, estadística y tal, y me he topado con la “Ley de los Grandes Números” que viene a decir algo así como “cualquier hecho, por muy improbable que sea, acabará sucediendo si se espera el tiempo suficiente“. [mode pataleta=on] Pero a penas estuve una hora en aquel antro… ¡una hora! [mode pataleta=off]
Los juegos de azar se basan en matemáticas y con los números en la mano, las empresas que los albergan, siempre tienen las de ganar. Por eso la única forma de jugar con garantías es consiguiendo mayor ventaja que la banca. Ya lo lograron en su día los Eudaemons, una banda de hackers, matemáticos y físicos que allá por la década de los 70, consiguieron ganar enormes sumas de dinero en varios casinos de Las Vegas utilizando para ello primitivos ordenadores ocultos en sus zapatos con los que que calculaban los números más probables en aparecer. Y en el ámbito nacional tenemos a la familia Pelayo, que ganño más de cien millones de pesetas en la ruleta de diferentes casinos Europeos, para ello antes de apostar estudiaban miles de jugadas comprobando que, probablemente debido a ciertas imperfecciones físicas de las ruletas, había números que aparecían más que otros. Además, salieron victoriosos de varias batallas legales contra el Casino de Madrid cuándo este intentó, vanamente, prohibir su entrada.
Por cierto, seguro que muchos de vosotros conocéis la técnica de la Martingala. Esa estratagema que se anuncia como mágica en multitud de popups a lo largo y ancho de la red. Esta técnica se basa en apostar siempre en la ruleta, al rojo o negro, o par o impar doblando la apuesta siempre que perdamos. De esta forma, parece que nuestras garantías de victoria son irrefutables, sin embargo esta técnica está condenada al fracaso por diferentes motivos:
- Resulta demasiado probable acabar topándose con largas rachas negativas de rojo o de negro, o de par o de impar para las que sería necesario disponer de una cantidad demasiado elevada de dinero para conseguir recuperar el dinero perdido.
- Y la más importante, puesto que de no existir, ciertas personas con mucho dinero podrían proponerse acabar con un casino entero: las mesas de ruleta tienen límite de apuesta. Entonces llega un momento en el que, ante una racha de números negativos, resulta imposible recuperarse pués la cifra que deberíamos apostar acaba superando el límite de la mesa.
Novela utópica en la que Huxley retrata una sociedad futura subyugada por la ciencia y la tecnología, donde gracias al condicionamiento genético toda la población es feliz.
Las personas nacen en probetas y durante su gestación son condicionadas, separadas en diferentes capas sociales, adaptadas para desarrollar de manera eficaz y de mutu propio las tareas para las cuales son destinadas. Por ejemplo, a los mineros se les condiciona de tal manera que se encuentren incómodos bajo la luz solar, así, de forma innata preferirán un ambiente idóneo como el de las minas, antes que enfrentarse a cualquier otro trabajo que pudieran encontrar en el mundo exterior.
Así mismo, se desaprueba la monogamía, se educa a la población desde la niñez, para practicar una extraña y natural promiscuidad, para que todo el mundo pertenezca a todo el mundo.
Incluso la muerte es considerado como un elemento natural de la vida, ausente de cualquier reminisencia negativa como pudieran ser el dolor por la pérdida de algún ser cercana.
Pero a pesar de todo este condicionamiento genético y social… ¿como es posible mantener eternamente la felicidad en cada individuo? Fácil, a través de las drogas. En concreto mediante una llamada Soma. Totalmente aceptada e incluso recomendada en todos los estratos de la sociedad. Ante cualquier pequeño contratiempo o infortunio, una buena dosis de soma, y el individuo consigue evadirse de cualquier problema hacia una felicidad artificial, pero efectiva.
En ciertas ocasiones, tengo la sensación que algo parecido se ha conseguido ya. Pero en nuestra sociedad actual, lejos todavía de poder alcanzar el nivel científico necesario para desarrollar una droga con la inmediatez del Soma, nuestra verdadera droga es el consumo, el consumo tanto de bienes “de lujo” (o no estrictamente necesarios para vivir) como de sueños e ilusiones.
En cuanto a la novela en sí, os la recomiendo únicamente como una especie de ensayo, de documental sobre un hipotético futuro más o menos cercano, sobretodo teniendo en cuenta que fue escrita en ¡¡¡1932!!!. Porqué la verdad, como mera obra de ficción me ha decepcionado. La trama, toda la linea argumental que rodea a la figura de “Mr.Salvaje”, carece de intensidad, de emoción. En este sentido, fracasa en aquello en lo que triunfó en 1984, las ganas de pasar de página solo para conocer el destino del protagonista.
“Le aseguro, Sra. Buttle, que el ministerio es sumamente escrupuloso para detectar y erradicar cualquier error. Si usted tiene alguna queja que quisiera realizar, me sentiría más que feliz de poder mandarle las respectivas formas”
Sam Lowry (Brazil)
Imaginativa, hilarante, delirante, genial…
Magnífico film dirigido por el Monty Python, Terry Gilliam, que narra la historia de Sam Lowry, un brillante pero conformista burócrata que en una de sus labores cotidianas se topa con la mujer que aparece en sus sueños. En su afán por conocer a esta mujer terminará saltándose todas las normas de una sociedad tan absolutamente fiscalizada y burocratizada como cruel y despiadada.
Aún así, a mi modo de ver toda la película es una parodia, una ácida sátira de obras como “1984″ de George Orwell o “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley dónde también aparecen elementos semejantes a la figura del Gran Hermano o al condicionamiento social.
Dos aspectos de la película me llamaron especialmente la atención:
-La absoluta falta de sensibilidad de esa sociedad: en un momento del film ocurre un atentado terrorista con bomba en un selecto restaurante. Pués bien, pese al estruendo producido y las víctimas mortales, el resto de la gente del restaurante que no se ha visto afectada por la bomba ni se inmuta. Continúa cenando plácidamente a pesar de los heridos y de los cadáveres de su alrededor.
No resulta tan descabellado pensar que, ante este bombardeo de información, de imagenes brutales y de testimonios desgarradores que experimentamos a diario, terminemos, en un futuro indeterminadamente lejano, por estar absolutamente insensibilizados.
-Y por último, me encantó esa mezcla que hace Gilliam de la locura y la cordura, de la fantasía y la realidad. No es hasta el final de la historia, que el ritmo delirante y vertiginoso de acontecimientos adquiere todo su sentido.
No será tan conocida como la posterior 12 monos, pero si os gustan el singular estilo de Terry Gilliam y las temáticas de sociedades futuras con un poder casi divino del gobierno, os la recomiendo al 100%.