El morador del calendario

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Hay días que nadie suele recordar. Son días que se deslizan traicioneros aprovechando las sombras del calendario. Silenciosos y furtivos, aguardan con lúgubre paciencia a que el sol baje la guardia para sisar un nuevo soplo de vida; para herir, otra vez, de lenta pero inexorable muerte.

Ayer, o tal vez debería decir hoy, me topé con uno de esos días. Conducía de regreso a casa por en medio de ninguna parte cuando mi coche se apagó súbitamente, deteniéndose por completo en mitad del camino. Siguiendo aquel extraño ritual que todos los hombres parecemos haber aprendido antes de nacer, abrí el capó con la vana esperanza de descifrar el mecánico jeroglífico. No tardé en cerrarlo de nuevo. Miré la hora: las seis menos diez. Por supuesto el móvil carecía de cobertura, así que me puse a andar intentando llegar hasta algún teléfono antes de que anocheciera. El camino, cubierto de algo que en otro tiempo quizás se pudo llamar asfalto, discurría atravesando un mar dorado de maíz que se perdía más allá del horizonte. Al rato, cuando el coche ya no era sino una pequeña mancha en la la serpenteante vereda, algo llamó mi atención. Fue un susurro acompañado de una sombra trémula tras el velo de las cañas de maíz… Me acerqué hasta los lindes del sendero, pero no vi nada.

-Amigo mío… ¡Compañero!

Una voz cordial gritaba a mi espalda. Me giré y vi a un tipo diminuto, escuálido y harapiento, blandiendo una sonrisa amarilla y mellada. Parecía un vagabundo salido de otra época.

-¿Me da usted lumbre, compañero? -Inquirió el desconocido.

-Lo lamento, no fumo -respondí con gesto de reanudar mi marcha.

-Entonces… ¿Sería tan amable de decirme la hora? -Volvió a preguntar haciendo gala de la misma sonrisa fea y amable.

-Las seis menos diez.

Me extrañó. Hubiera jurado que ya eran las seis menos diez cuando empecé a caminar. Y a decir verdad, ya llevaba un rato andando y el sol seguía en la misma posición que cuando inicié mi marcha: A punto de ponerse.

-Muy amable… -respondió sacándome de mi ensimismamiento.

Le di la espalda con la intención de seguir mi camino.

-¿Qué prisa tiene señor Martin?

Dubitativo, me di la vuelta contemplando con más atención a mi sonriente interlocutor. Tal vez en aquella situación, ante otro personaje, hubiera podido a llegar a asustarme, pero aquel diminuto personaje no parecía en absoluto amenazador.

-¿Nos conocemos? -Pregunté con curiosidad.

-Podríamos decirlo así… Me llamo Tres. Y soy un morador de su calendario -contestó con absoluta naturalidad.

-¿Disculpe? -Creí que no lo había oído bien.

-Quisiera contarle un secreto. Mis hermanos y yo, nos dedicamos a robar días vacíos -Añadió haciendo caso omiso de mi pregunta.

-¿Robar días vacíos? -Pregunté realmente sorprendido.

-No se alarme caballero, pues los días vacíos no son más que jornadas insulsas dignas de caer en el olvido. Viéndome a mi, sabrá como somos todos los de mi clase: Enjutos y enclenques, jamás podríamos arrebatar un día lleno a nadie. Esos días son demasiados pesados y nosotros demasiados débiles.

-¿Y qué hacen ustedes con todos esos días que roban? -Volví a preguntar, esta vez entretenido pero sin creerme ni una palabra de lo que me estaba contando.

-¿Qué vamos a hacer, señor? Cuando tenemos suficientes, los unimos todos y nos compramos una vida -Su tono era tan obvio, que casi me hacía sentir vergüenza de mi propia ignorancia.

-Claro… -añadí siguiéndole la corriente.

-Porque… ¿Sabe usted, señor? Esto es en realidad, una especie de castigo… Por no haber sabido aprovechar alguna antigua vida que tal vez nos regalaran. El caso es que ya no lo recuerdo… pero si lo dicen, supongo que será cierto.

-Supóngalo pues…

-En realidad, si he venido a su encuentro contándole todo esto, es porque se ve a la legua que hoy ha tenido un día vacío. Y me he permitido detener su automóvil, para proponerle una pequeña apuesta.

-¿Detener mi automóvil? ¿Una apuesta? -Como no… La estafa estaba a punto de salir a la luz.

-Un mero entretenimiento… Como usted se imaginará, eso de ir sisando días de uno en uno, es una trabajo agotador, y muy poco agradecido. Por ello, antes de quedarme con éste, su día, que está ya a punto de acabar, quisiera darle la oportunidad de devolvérselo.

-¿Y por qué iba a devolvérmelo? -Pregunté tratando de seguir su extraña lógica.

-¡Para que lo disfrute amigo! Para que trate de llenarlo… Ya ve que no soy en el fondo una mala persona -sentenció arqueando las cejas.

-¿Y si fracaso? -Lo interrumpí fingiendo curiosidad.

-En ese caso, camarada, usted me cederá todo lo que le queda de mes -añadió solemne.

Esbocé una expresión de cliente insatisfecho.

-Vamos, compañero… -volvió a perfilar lo que le quedaba de su cordial sonrisa- No es un mal trato. ¿Cuántos lo darían todo por repetir solo un día? ¡Yo le ofrezco precisamente eso! A cambio de nada, si realmente llena su día… Y si no… tan solo a cambio de un mes frío e ingrato.

-Y si me permite que abuse de su confianza -lo interrumpí imitando sus ademanes-, ¿Cómo se supone que puedo llenar un día?

-Oh compañero… Parece mentira que me pregunte algo así. Las formas son innumerables… -respondió vagamente.

-Dígame una, concédame el favor… -insistí, como un cliente educado pero caprichoso.

-Pues verá, tal vez mi favorita… -se interrumpió- ¿Cuánto hace que no mira a una persona desconocida a los ojos?

-¿Mirar a alguien a los ojos, dice?

-Me refiero a toparse con una persona desconocida y mirarla a los ojos por el puro placer de descubrir a un desconocido. Verse reflejado en unos ojos extraños sin corazas ni falsas apariencias… Y tratar así de descubrir en otro, lo que tal vez ni siquiera sabía que anhelaba de usted mismo… -divagó el señor bajito.

-Por supuesto, lo que usted diga… -Ya estaba cansado de aquella escena así que empecé a andar.

-Señor, señor… se equivoca de camino. Su coche está por allí.

El hombrecito señalaba la dirección por la que había venido. Me giré y pude distinguir, a lo lejos, los faros encendidos de mi coche. ¡Se había vuelto a encender!

Cuando llegué a casa, no le di más importancia al incidente. Después de todo, pensé, el mundo está lleno de locos. Pero hoy, cuando he despertado, he mirado la fecha y la hora en internet, en la TV y he bajado a comprar el periódico solo para asegurarme. Vuelve a ser 3 de Noviembre y ya solo me quedan algo más de siete horas para llenar el día.

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