Mi primer recuerdo

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No sucede a menudo que el primer recuerdo que uno conserva se presente, de súbito, arrojando gritos mudos de auxilio contra la ventana. Sin embargo, eso es precisamente lo que me ha traído esta madrugada.

Me he mudado hace poco y algunas noches todavía me cuesta reconciliarme con mi nuevo lecho. La noche de ayer estuve largo rato tratando de dormir, así que tras deambular como animal encerrado por una casa que todavía no sé llamar hogar, acabé meditabundo, apoyado en el alféizar de la ventana, intentando vanamente distraer mi insomnio con el cuadro de un desierto urbano. A esas horas casi desconocidas, toda la atención la reclama un puente desnudo. Estructura por la que esa noche se arrastraba una silueta enjuta y lastimera. La quijotesca figura se detuvo y, suspendida entre dos orillas, permaneció inmóvil contemplando las aguas frías y tranquilas del río que ha visto crecer a esta ciudad. ¿Acaso había algo en los ademanes de aquel personaje que me resultaba extrañamente familiar? Sé que, una vez despierta, mi curiosidad es demasiado caprichosa como para permitirme descansar sin haberla saciado antes, así que no tardé en decidirme a bajar a la calle.

Apenas me encontraba a un metro de la figura, la reconocí. Ella, sin embargo, todavía no se había percatado de mi presencia.

-Lucía… -pronuncié con suavidad.
Se volvió hacia mi y, mientras daba un paso atrás, me escrutó con desconfianza. Todavía podía intuir sus ojos verdes tras la mugrienta maraña de pelo.
-¿Te acuerdas de mi? -Insistí.
Se apartó el cabello del rostro para verme con mayor claridad y, tras dudar unos instantes, un destello atravesó el mar de sus pupilas.
-¡Mi niño! -Gritó abrazándome y dándome besos por todas partes. Olía a tierra y a sudor, pero también olía a infancia y a sueños.

Y es que el primer recuerdo que conservo es de ella meciéndome en sus brazos. Le gustaba llamarme “Mi niño”, aunque no era mi madre. Cuando la conocí, yo apenas debía tener dos años. Lucía, no más de once o doce. Apenas puedo recordar el aspecto que tenía por aquel entonces, pues tan solo guardo la imagen erosionada por el olvido de una de una preciosa niña risueña, rubia y flaca. No obstante, jamás podré olvidar aquella misteriosa pero cálida sensación de nívea y prístina amistad… De saber que hacía feliz a alguien, con mi mera existencia, sin que hubiera motivo alguno para ello.

Lucía vivía en el edificio de enfrente, al otro lado de la plaza que abrazaba el borboteante barrio obrero en el que crecimos. Su única familia era una vieja tía solterona que le prestaba escasa atención y nulo afecto. En realidad, la vieja siempre pareció avergonzarse de que la vieran junto a su sobrina. Aún así, aprovechaba la menor ocasión para presumir de su lustrosa bondad cristiana; para convencer a todo el mundo de que ya se había ganado una parcela privilegiada en el cielo; para vanagloriarse, en definitiva, de haber salvado de la inmundicia a su, tal y como a ella le gustaba decir, desgraciada sobrina. Tal vez debido a esa falta de atención y cariño, Lucía no tardó en hacer buenas migas con mi familia. Pasaba todo el tiempo que podía en nuestra casa, y yo era el objeto de todos sus mimos y atenciones. Me llevaba de paseo, se pasaba horas arrancándome carcajadas con arrumacos y carantoñas; sisaba de un armario de su tía, figuritas de porcelana que por alguna extraña razón, por aquel entonces me volvían loco; e incluso nos acompañaba al médico, distrayéndome primero y consolándome después, cuando debían clavarme el enorme espadón de una nimia vacuna.

Lucía era todo imaginación y magia. Y muestra de ello eran las ingeniosas réplicas que siempre me regalaba. Yo era un chiquillo curioso y preguntón, y ella siempre tenía una respuesta única a todos mis dudas. Una cálida noche de verano, por ejemplo, paseando por la orilla de un canal que discurría a escasos metros del barrio, mi curiosidad infatigable quedó prendada con el canto de los grillos.

-¿Qué es eso? -Pregunté con queda seriedad.
-Los grillos cantando -respondió Lucía con naturalidad.
-¿Grillos? -Yo no sabía que era un grillo.
-Sí, mi niño… Los grillos son unos bichitos que salen por la noche y siempre cantan. -Continuó con infatigable paciencia.
-¿Y por qué cantan los grillos? -Volví a inquirir.
Lucía se quedó unos instantes pensativa y al fin, como si acabara de recordar la respuesta, contestó:
-Para que no oigamos a la gente que llora.
-¿Sí? -Siempre buscaba sonsacarle más interesantísima información.
-¡Claro! Así no nos ensordece la tristeza del mundo.

Y así pasó algún tiempo. Hasta un día, cuando Lucía tenía quince o dieciséis años, conoció a Don Deseo. Se llamaba así, no es ninguna metáfora. Iñaki Deseo, un tipo flaco con aspecto de paisano del norte que, sin embargo, hablaba con marcado acento del sur. Era un peregrino de pequeños crímenes. Había arribado al barrio algunos meses antes y no tardó en ganarse la fama de buscavidas pendenciero, de estafador y camello de tres al cuarto que trapicheaba con todo lo que se ponía a su alcance. Aprovechaba la menor ocasión para intentar embaucar a quien fuera; para sisar un poco de dinero de aquí y de allá haciendo uso de una palabrería casi graciosa y de una intimidación tan sutil que siempre lo salvó de la ira de los vecinos. No obstante, el señor Deseo, tenía su propio y característico sentido del honor. Y, como el mismo decía, nada te quitaba si algo no te podía dar.

-¡Niñaaaa!… ¡Princesa! Acercate que hoy te sonríe la fortuna…
Lucía se acercó con la candidez de la que siempre hacía gala.
-2.000 pesetas y es tuyo, corazón. -Le susurró Deseo destapando una pequeña bolsita con un polvo blanco.
-¿Qué es eso? -Inquirió la muchacha.
-Ay lucero de mi alma… ¿Podrá ser cierto que a tus años todavía no hayas viajado al paraíso? Guárdate ese dinero y acompaña a tu buen amigo Deseo, que te hará un regalo para ti, hermosa.

Desde aquel día, Lucía empezó a venir menos por casa. Hasta que se fue del barrio. Nadie quiso explicarme el motivo de su ausencia y, durante algún tiempo, lo que deducí escuchando palabras furtivas de aquí y de allá, es que se había convertido en una famosa heroína; que había dejado atrás nuestro humilde barrio a lomos de un caballo blanco; que ahora perseguía aventuras fabulosas y acompañada de un caballero cuya montura era un majestuoso camello. Yo me alegraba muchísimo por Lucía, y no entendía por que la gente se molestaba cuando pedía que me hablaran de ella. Sin embargo, mes a mes, año tras año, mi inocencia murió al mismo ritmo que conocí la verdad. Las palabras que yo había ido escuchando de soslayo eran las mismas, pero su significado, era muy distinto. Lucía había huido con Iñaki, su camello, pues poco más podían sacar de este barrio. En cuanto a lo que había escuchado acerca de su montura, era que ya estaba irremediablemente enganchada a esa droga llamada caballo.

Poco a poco la fui olvidando. Hasta que llegó mi decimosexto cumpleaños y algunos de mis amigos no tuvieron otra ocurrencia que regalarme los servicios de una meretriz. Con más nerviosismo que excitación, me dirigí al otro lado de la ciudad y me adentré en una sórdida y diminuta ratonera que había quien llamaba apartamento. Me esperaba tumbada en la cama, desnuda encima de las sábanas. Nos reconocimos al instante. Me ruboricé sobremanera y, mientras ella se cubría con una bata, me di la vuelta atropelladamente.

-¡¿Se puede saber que estás haciendo aquí, Omar?!
Lucía estaba realmente enfadada, pues rara vez se dirigía a mi por mi nombre.
-Yo… esto, ehmmmm… -No sabía qué decir ni qué hacer. Miles de recuerdos se apelotonaban inesperada en mi memoria- No quería… Fue un regalo…
-¿Un regalo? No necesitas esa clase de regalos para ser un hombre…
-Lo siento -dije al fin. Y me dirigí rápido y confuso hacia la puerta.
-¡Espera! ¿Dónde te crees que vas a estas horas? -Me interrumpió ella.
-Será mejor que me vaya… -insistí.
-¿Has cenado? Prepararé algo. Esta noche, vas a cenar conmigo, mi niño -Sentenció sin darme oportunidad de réplica.
Al rato, apareció con un plato de tortilla y 10.000 pesetas.
-Toma, devuélveselo a tus amigos… O mejor, cómprate un regalo de verdad, mi niño.
Su tono se había ido suavizando, pero sus palabras todavía cargaban cierto reproche.
-¡Me alegro taaaaanto de verte! -Exclamó como si hubiera estado demasiado rato conteniéndose- Pero mírate lo guapo que estás… ¡Ya eres todo un hombre! A pesar de lo que querías hacer esta noche… -sonrió con picardía.

Charlamos durante horas. Le expliqué lo “afectada” que había estado su tía tras su partida. Obviamente no me creyó, pero se partió de risa cuando le conté que, durante todos estos años, había estado devolviéndole las figuritas de porcelana mutiladas. Haciéndome pasar por una especie de secuestrador que exigía una prueba de bondad a cambio de su liberación. Que yo sepa, la vieja nunca pagó. Le hablé también de mis escasos planes y de mis muchos sueños. Ella me explicó que había estado enganchada, muy enganchada (me lo dijo así, sin tapujos), pero que había empezado a acudir a un centro de desintoxicación y ya llevaba tres mesas limpia. Todavía seguía con Iñaki quien le había prometido (e imagino que no sería la primera vez) que pronto cerraría un importante negocio y ella no tendría que volver a vender su cuerpo para mantener a ambos. Tuve la sensación que Lucía no le creía pero tampoco parecía importarle. “Es el precio del amor”, decía.

Me quedé dormido en el sofá. Cuando desperté, al amanecer, Lucía dormía profundamente. Su cabeza reposaba suavemente sobre mi pecho. Podía sentir la caricia de su respiración. Me las arreglé para escabullirme sin despertarla, pero antes le dejé el dinero que me había dado, junto a una nota que rezaba así:
“No te enfades… Volveré pronto. Te lo prometo.”
Y desde luego que volví. Todas las semanas. Ella siempre se las arregló para que yo no coincidiera con Iñaki, pero a veces tenía que esperar en la escalera a que saliera algún cliente, lo cual me sacaba de mis casillas. Afortunadamente, lo olvidaba pronto gracias a su compañía.

Un buen día me dijo que estaba embarazada, y que el señor Deseo le había pedido que dejara de prostituirse. Iñaki estaba pletórico ante la idea de ser padre. Incluso había empezado a trabajar como guardia de seguridad nocturno en una fábrica.

-¡Guardia de seguridad! ¿¡Puedes creerlo!? -Gritó con alegría.
Nunca la había visto tan dichosa. Y su felicidad fue creciendo al mismo ritmo que el bebé que llevaba en las entrañas. Pero cuando parecía que ya no podía ser más feliz ni estar más embarazada, sucedió. Sencillamente llegué a su apartamento y no había nadie. Pregunté a los hoscos vecinos, por si se había puesto de parto precipitadamente, pero no saqué nada en claro. Regresé muchas veces, hablé con todo el barrio, pero nunca más volví a verla, hasta esta noche.

-¿Qué haces aquí Lucía? -Le pregunté temiendo que decidiera arrojarse al río.
-Shhhhhht… Escucha, mi niño. ¿Puedes oírlo?
Callé. No oí más que el murmullo lacrimoso del agua discurriendo bajo nuestros pies.
-No oigo nada Lucía.
-Ya no hay grillos. ¿No oyes su llanto? -Me preguntó como si solo yo pudiera entender su peculiar lógica.
Pensé que no había grillos porque era invierno, pero no lo dije.
-¿Quién llora? -Pregunté temiendo la respuesta.
-Mi hijo… ¡Me necesita! -Me imploró con el rostro arrugado.
-¿Dónde está tu hijo Lucía?
-Él se lo llevó. Nació con piel oscura y me lo arrebató de los brazos.
-¿A dónde se lo llevó? -Insistí.
-Me confesó que lo arrojó al río. Que no era fruto de su amor y solo el agua limpiaría mis pecados. Pero ya murió el Deseo, ya no hay pecados… -No había llantos en sus ojos verdes, se habían secado hacía ya demasiados años.

Le ofrecí una cama y un techo; quise invitarla a un plato caliente; le puse dinero en la mano; quise explicarle que no podía abandonar mi primer recuerdo… Pero en cuanto la cogí de la mano, me regaló una última sonrisa y salió corriendo. He recorrido las zonas más oscuras de la ciudad, he regresado al barrio donde crecimos para preguntar por ella… Pero ya nadie la conoce. Ojalá que pudiera recorrer el rastro del tiempo con estas palabras, ojalá pudiera vender mis recuerdos para cambiar los suyos. Ojalá.

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