Hoja en blanco


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Inmóvil ante una hoja en blanco, sin ver más que la nada. Quedé largo rato contemplando aquella nada hasta darme cuenta de que, en realidad, lo que estaba viendo era una sábana blanca desde muy cerca. Al darme la vuelta, comprobé que no estaba solo. El sol de la mañana lamía con su miel las sinuosas curvas de una joven pelirroja. La tenía tan cerca que podía sentir la caricia de su respiración en mi rostro. Su nívea y voluptuosa figura empezó a desperezarse. Tras exhalar un débil gemido, entreabrió los párpados y me miró. Me vi reflejado en sus ojos y por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba vivo. En los escasos instantes que duró aquel suspiro, creí verla sonreír con sincera y arrebatadora dulzura. Quise que el tiempo se detuviera en aquel preciso instante, mas súbitamente, sus pupilas se dilataron y su rostro se desencajó en una mueca de espanto. En su intento espasmódico de alejarse de mi lo más rápido que pudo, cayó de la cama.

-¿¡Quién eres tú?! -me exhortó desde el suelo mientras trataba, vanamente, de ocultar la desnudez con sus manos.

-Yo, ehmmmmm… Ayer… -dudé- ¿Qué? ¿Dónde estoy?

Apenas hice ademán de incorporarme, ella se sobresaltó todavía más y escupió un pavoroso y estridente chillido. Me arrancó la sábana de un tirón, dejándome atónito y desnudo. A toda prisa, salió de la habitación caminando a trompicones, de espaldas, temerosa del desconocido que yo era. En su huída, dejó la puerta totalmente abierta y el número de la misma, el 669, me reveló que debía estar en un hotel.

En los escasos segundos que tardé en ponerme los pantalones, empezó a fluir un incesante goteo de curiosos asomando por el umbral de la puerta. Alguien mencionó que la Policía estaba de camino. Pero antes de que pudiera marcharme la muchacha regresó. Iba escoltada por un pequeño séquito uniformado, probablemente personal de seguridad, que se abrió paso entre el grupo de clientes, botones, señoras de limpieza y demás cotillas que se apelotonaban en el minúsculo recibidor de la alcoba. Todos me lanzaban miradas desdeñosas e inquisidoras mientras yo, estupefacto, trataba de encontrar alguna lógica a lo que estaba sucediendo. Al fin, un hombre de mediana edad impecablemente vestido, a todas luces el director del hotel, se acercó a mi.

-¿Se puede saber qué está pasando aquí? -Inquirió frunciendo su ceño hirsuto.

-Mientras dormía, ese tío se ha metido en mi cama desnudo -le espetó la misteriosa pelirroja.

-¿Es usted cliente de este hotel? -preguntó el hombre esforzándose por mantener un tono neutro.

-No… -Volví a dudar y me di cuenta de que mi respuesta no iba a sacarme de aquel embrollo.

-¿Cómo se llama? -continuó el hombre.

-Omar… Omar Martin -al menos de eso sí­ estaba seguro.

-¿Has dicho Omar? -el semblante de la muchacha cambió de rabia a sorpresa en décimas de segundo.

-Señorita… ¿Conoce usted a este caballero? -Añadió el Director, que también se había percatado del cambio en la actitud de la muchacha.

Ella, no obstante, se quedó helada sin dejar de mirarme, sin pronunciar palabra alguna. Incluso su respiración parecía haberse detenido.

-Le he preguntado si conoce a este caballero… -insistió adusto.

-A decir verdad, creo que sí… -hizo una pausa intentando encontrar palabras que vistieran un mínimo de coherencia- Verá… -continuó con escasa convicción- ayer bebimos más de la cuenta y esta mañana yo… -de nuevo cayó en el abismo de una pausa incómoda- Lamento la confusión, ha sido un malentendido.

-¿Está completamente segura de que conoce a este hombre? -Volvió a insistir el director.

-Sí, ahora recuerdo que es mi invitado -respondió la muchacha tratando de parecer segura de sí misma.

-La próxima vez, será mejor que se cerciore de quienes son sus compañías antes de montar un escándalo de este tipo… -Le recriminó el director.

A continuación, dirigiéndose a la legión de chafarderos que murmuraban desde el pasillo y el recibidor, trató de quitarle hierro al asunto:

-Damas y caballeros, lamento el presente escándalo, pero todo ha sido un malentendido… Por favor, retírense, aquí no hay nada que ver.

Entre murmullos y gruñidos, el gentío se fue dispersando como un rebaño adormecido. Pero cuando el director también estaba a punto de marcharse, me reclamó.

-Señor Martín, ¿le importaría acompañarme a mi oficina? Será solo un momento.

Preso por la vergüenza, obedecí. Ya en su despacho, me ofreció una silla y me senté. Él hizo lo propio, al otro lado de una pulcra mesa de caoba.

-¿Conoce usted a la señorita Naioric?

-¿Disculpe?

-Me refiero a Erika, la muchacha con la que parece haber pasado la noche.

Erika… por supuesto, pensé. Ahora sabía porque su voz me resultaba tan familiar.

-…La conozco -respondí con sequedad.

Obviamente no me creyó, pero en lugar de insistir o simplemente pedirme que me fuera, se levantó de la silla, permaneció durante unos eternos segundos mirando a través de las persianas, hacia los exuberantes jardines que rodeaban el recinto y en voz baja, casi susurrando, empezó a hablar:

-Tal vez no debería contarle esto, pero hasta hace apenas cinco años, este agradable balneario era una institución de salud mental. Debido a la mala gestión de la sanidad pública, un holding extranjero compró el recinto, convirtiéndolo en un espacio de ocio y descanso, en un reputado complejo hotelero. Por supuesto, antes de hacer efectiva la compra, todos los pacientes fueron trasladados a otras instituciones… Todos excepto Erika, que no quiso marcharse. Había ingresado voluntariamente, así que estaba en su derecho de quedarse siempre que pudiera costearse la estancia… Y así ha sido desde entonces. Sin embargo -añadió dándose la vuelta y rebelando la ira mal contenida en su rostro-, desde siempre ha sido una inquilina problemática -exhalo un suspiro de hastío como quien está cansado de repetir una y otra vez el mismo eufemismo-. Incomoda al resto de clientes con la desagradable costumbre de pasearse por los pasillos de madrugada en camisón. Además no deja de interrogar a todo aquel con quien se topa sobre si ha visto vaya usted a saber quién -la saliva contagiada tal vez por la hiel de su amargura, se acumulaba en la comisura de sus labios mientras iba aumentado el tono de voz.

-¿Por qué ingresó Erika? -Pregunté interrumpiendo su diatriba.

-Eso es confidencial… -parecía más calmado- En realidad yo tampoco lo sé y, francamente, hasta ahora no me había importado demasiado. La señorita Naioric siempre ha manifestado costumbres un tanto… excéntricas. Pero lo de hoy ha sido el colmo. Es evidente que cualquiera que sea su trastorno, está empeorando. He llamado al Hospital, y el jefe de psiquiatría se ha mostrado muy comprensivo; ya está de camino. Pero si me lo permite, quisiera pedirle, por el bien de Erika por supuesto, que trate de apaciguar su veleidoso estado de ánimo para que cuando llegue el personal del hospital, no provoque ningún… desagradable altercado.

-¡No se atreverá! -Le grité.

-¡Es por su bien! -Masculló abyecto.

-¡Usted no es nadie para exigir su internamiento! -Escupí las palabras dando un portazo y dejando tras de mi al pálido director, quien no esperaba toparse con aquel tipo de resistencia. Salí corriendo en dirección a la habitación 669.

Tal vez penséis que me comporté de un modo muy poco razonable. Pero antes, permitidme que os explique las singulares circunstancias en las que conocí a Erika. Seguramente muchos de vosotros conoceréis Siri. Siri es una aplicación incorporada en las últimas versiones de iPhone. Una especie de asistente virtual capaz de interpretar y responder a nuestra voz. Por ejemplo, si se lo decimos, Siri puede programar la alarma del móvil para despertarnos a una hora determinada o incluso aconsejarnos sobre si al día siguiente deberemos coger o no el paraguas. Pues bien, aquella noche estaba distraído toqueteando el móvil, cuando decidí utilizar Siri por vez primera.

-¿Cómo te llamas? -Fue mi primera pregunta. Obviamente, ya conocía la respuesta, pero me por alguna extraña razón creí que me sentiría menos estúpido al hablarle a una máquina si primero nos presentábamos.

Mas solo se sucedió el silencio. Pensé que la tecnología simplemente había fallado; después de todo no sería la primera vez. Pero justo cuando estaba a punto de darme por vencido, respondió.

-Erika -su voz sonaba sorprendentemente real.

Debía tratarse de algún error. Estaba convencido de que el sistema se llamaba Siri, no Erika. Lo había leído en multitud de sitios en internet.

-¿Quién eres tú? -Me preguntó antes de poder repetir la pregunta.

-Omar -contesté.

-Omar, escúchame con atención por favor -su voz, entrecortada, parecía sumergida en un lejano océano de lágrimas-. Tienes que rescatarme. Pronto vendrán a por mi -Añadió jadeando-. Ahora no puedo hablar más… Pero búscame una hoja en blanco. Por favor, te lo suplico… ¡Búscame en una hoja en blanco!

Tras aquellas palabras, el sonido se cortó. Y Siri, Erika o quien fuese, no volvió a hablar. ¿Cómo era posible aquello? Mi voz, en lugar de llegar hasta los servidores de Apple, donde se supone que mi pregunta sería analizada y automáticamente se me ofrecería una respuesta en cuestión de segundos, estaba llegando hasta el teléfono móvil de otra persona. ¿Qué sucedía? ¿Un error informático quizás? ¿O tal vez se trataba de la broma caprichosa de algún ingeniero de Apple, especialmente aburrido, que había decidido regalarme un Walkie-Talkie? Aún así, más divertido que preocupado, busqué una hoja en blanco. Tal vez solo fueran imaginaciones mías, pero en cuanto me senté delante del papel, noté un cosquilleo en la nuca y empecé a sentir olor a tierra mojada, pese a que no llovía y las ventanas permanecían cerradas. Me acerqué con mayor curiosidad a la inmaculada hoja que yacía ante mi. El resto de la historia, por lo menos hasta ahora, ya la conocéis.

Cuando llegué a la habitación, apenas abrí la puerta Erika se lanzó a mis brazos con los ojos vidriosos.

-Sabía que vendrías -me susurró con un hilo de voz.

Empezó a besarme los labios, la frente, el cuello, el corazón… Traté de mantenerme la serenidad.

-Tenemos que salir de aquí… Te llevaré conmigo. -Me sentí ridículamente heroico al pronunciar aquellas palabras.

Todavía no entendía lo que estaba pasando, pero no podía permitir que la encerraran. Sentía que era responsable de lo que estaba sucediendo.

Alguien llamó a la puerta. La voz del director sonaba hueca pero firme.

“¡Señorita Naioric! Hay aquí unos señores que desean hablar con usted.”

Sin saber que hacer, vi una hoja en blanco junto a un bolígrafo, sobre la mesita de noche. Tomé una silla y me senté delante del muevo. Los golpes en la puerta resonaban con mayor insistencia.

“¡Por favor abran enseguida!”

Erika me abrazó por la espalda y noté el cosquilleo de sus cabellos en mi nuca. Su aroma de tierra mojada me inundó… era el olor de los sueños. I allí estaba yo:

Inmóvil ante una hoja en blanco, sin ver más que la nada.

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