Una extraña adivinanza


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No fue fácil ganarme su confianza. Durante las primeras sesiones se mostró asustado y retraído. Lo poco que hablaba era para decir que se trataba de un error, que debían haberlo confundido con otro, que él no debería estar allí… porque no estaba loco. Siempre que llegaba a este punto, cuando trataba de alzar la voz, ésta se apagaba azotada por un hilo de dolor. Como por acto reflejo, se llevaba las manos al cuello y notaba su piel lacerada por la soga que había estrangulado su garganta. Era entonces, cuando su semblante se tornaba lúgubre y sombrío, y el escaso goteo de su voz se secaba durante días. Al inicio de la quinta sesión, no pude más que prometerle que lo escucharía sin sacar conclusiones precipitadas, que yo estaba allí para ayudarlo, pero para eso debía ser sincero y confiar en mí. Sin decir nada, sacó una fotografía arrugada de uno de sus bolsillos.

-Déme su palabra -me pidió- que después de contarle mi historia, ampliará esta foto hasta poder distinguir el reflejo de la gota que hay en el centro.

-Le doy mi palabra -le aseguré con fingida convicción.

Entonces se sentó sobre el diván y empezó a hablar con la mirada pérdida en sus aciagos recuerdos: “Nunca me interesó demasiado la fotografía, ni siquiera cuando ella me regaló aquella vieja cámara. En realidad, la olvidé en un cajón durante años, hasta que un día apareció como recuerdo indeleble de todo lo que había gozado y de todo lo que había sufrido a su lado. Pero qué es el amor sino un manjar envenenado, ¿verdad? -Me pareció ver una triste sonrisa naciendo en sus labios- La cuestión es que estuve apunto de deshacerme de aquel cachivache, pero antes de hacerlo, sentí el irresistible impulso de mirar a través del visor. Y así descubrí la belleza. La afición por capturar retazos de realidad, no tardó en convertirse en pasión. Le confieso que me embargaba una emoción extraña, la misma que deben de sentir quienes han descubierto un secreto que muy pocos conocen. Me enorgullecía de haber aprendido a apreciar la hermosura de todo lo que me rodeaba. Sí, ya lo sé -continuó como si yo lo hubiera interrumpido-, en realidad la belleza siempre había estado todo allí, pero hasta que tomé aquella cámara, hasta que miré a través de aquella lente, parecía haber permanecido oculta tras un velo invisible. No tardé en dedicar todo el tiempo que disponía a perderme por lugares desconocidos u olvidados, descubriendo o re-descubriendo lo fascinante que podía resultar cualquier paraje, inmortalizando el suspiro que es la vida del presente. Desgraciadamente en una de mis excursiones acabé perdido en el sentido literal del término. Me había adentrado en lo que debería haber sido un pequeño bosque y era incapaz de encontrar el camino de regreso. Vagué bajo un sol abrasador, sin agua y sin comida, hasta perder la noción del tiempo. Mi único consuelo era la compañía del tercer ojo pendiendo de mi cuello, junto al corazón. En lo que creí que debía ser el amanecer del tercer día, me pareció escuchar el murmullo lejano del agua. Haciendo acopio de mis últimas fuerzas perseguí aquella promesa esquiva, durante largos kilómetros, hasta llegar a un pequeño claro rodeado de pinos. La atmósfera era extraña en aquel lugar, cuán si hubiera sido la misma desde el amanecer de los tiempos. Y allí estaba ella. Juro que era tan real como usted y como yo. Con su silueta etérea, de piel nívea y melena de fuego, arrodillada desnuda junto a un pequeño manantial… Creí que me quedaba sin respiración cuando la ví. La muchacha lloraba sobre el agua.

-¿Te encuentras bien? -Le pregunté olvidando mi propia necesidad.

Alzó la vista y sus lágrimas se secaron. Se acercó desnuda y hermosa, clavando sus ojos en mí, cautivadora y cautivada como si yo fuera el primer hombre que veía.

-¿Quién eres? -Volví a preguntar sin dar crédito a su imagen.

Un beso fue su respuesta. Un beso dulce, cálido y húmedo… una promesa. No articuló palabra alguna, pero habló a través del viento, a través del sol, a través del crujido de los árboles y del murmullo de agua. Supe que era una fuente de lágrimas.

-Adivina mi nombre -dijo otra vez sin hablar, esbozando la más seductora de las sonrisas- y saciaré tu sed para siempre.

Todavía conservaba el sabor a miel de de su boca en la mía. ¿Cómo iba a pues negarme a aquel excitante acertijo? Además, yo creía conocer la identidad de quién todo lo dice sin pronunciar nada, de quién es a la vez inocencia y deseo, de quién es la fuente más dulce de lágrimas…

-Amor -Le contesté alzándome en una vanidosa sonrisa. Se acercó con la boca entreabierta y exhaló su aliento junto a mi oído.

-En realidad, mi nombre es Demencia -susurró- pero tú puedes llamarme Amor.

Un escalofrío me dobló el espinazo cuando sentí sus gélidas manos cerrándose en torno a cuello. Traté de zafarme de su abrazo, y antes de perder la conciencia, creí escuchar el siseó óptico de mi fiel compañera disparándole desde mi pecho. Tal vez en esta instantánea, en el reflejo de esta diminuta lágrima, ella se muestre tal y como yo la vi. Podré estar maldito, pero quizás, todavía conserve la cordura.”

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